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Alejandro ROMEU - MIS DIAS CON CAMILIA

MIS DIAS CON CAMILIA - Alejandro ROMEU MIS DIAS CON CAMILIA - Alejandro ROMEU contenido cap. 1 cap. 2 cap. 3 cap. 4 cap. 5 cap. 6 terminos arabes

primera parte

  • A Julut.
  • Para que descubra
  • cuan grande,
  • su persona pudo ser
  • cuando pequeña

"...No hay espacio mas grande vacío en esta tierra, que el que no llena una mujer... ".

Antes que comiences tu lectura lector, me cuesta mucho escribir este libro. Porque me duele y me prometí hacerlo. No me preguntes porqué.

CAPITULO I

Los tres deseos.

Detuve mi automóvil frente a la mezquita, abrí la puerta y mi mirada se dirigió instintivamente al alminar donde el almuecin hace las cinco llamadas a la oración.

Demoré mi atención en la silueta de esa estructura, como si algo conocido y oculto, se negara a identificarse con lo familiar de aquella torre.

Delgada, alta, fría y hasta si se quiere ridícula en medio de la ciudad que parecía ignorarla se erguía ausente del modernismo de una poderosa antena de transmisión del canal 11 de televisión.

Tal vez, si fuera cierto de la existencia de vidas pasadas, entonces fuera era nacido, en ese Oriente de alfombras que volaban y princesas que debían ser rescatadas de palacio. Y hasta quién sabe, disfrutando la única agua fresca de un exótico oasis del desierto.

¡Qué tonta es la mente de los occidentales! Pensé. En Oriente no hay alfombras voladoras, ni princesas al rescate. Y los arabes tiene los mas poderosos sistemas de riego del mundo.

Sin embargo, el barrio de los árabes, en Constitución, estallaba una vez mas a mis sentidos, con reflejos de aquellos enigmas milenarios, aveces provocado por los curiosos escaparates de pequeñas vidrieras repletas de cosas inútiles y cubiertas de polvo, pero, que siempre atraían por sus misterios. Otras, contemplando esos bazares de enormes cacerolas, colgando como curiosas guirnaldas en la acera.

Sabía de la existencia de cosas que no podían verse y eran las propias leyendas que crecieron en las calles de ese barrio y vivían ocultas del habitante común, los periódicos y noticieros. Una en particular, ocurrió bajo el puente de la autopista, sobre la calle Alberti y a una cuadra precisamente de aquella mezquita y por donde yo ahora caminaba.

Me detuve allí.

La acera era muy delgada y rebordea una larga hilera de sucios negocios donde alguna vez existió un local llamado "Aladino".

Aldino fue toda una leyenda oculta en el barrio árabe.

"Aladino", mágico nombre de cuentos de niños, fue una Casa Distribuidora y Mayorista de variados artículos, abrió una mañana, ante la pobreza de su casi inexistente mercadería que ocupaba modestos lugares de sus grandes estantes.

Su propietario tenía 28 años y se llamaba Abedul.

¡Que Alá siempre tenga a éste en la gloria, pero lo más lejos de sus posesiones celestiales y bienes divinos porque Abedul gustaba adueñarse de todo con mucho empeño y picardía..

Ya hablaré de él mas adelante.

También, bajo el puente y enfrente de Aladino, había un lavadero de autos. Su dueño se llamaba Ernesto y tenía una hija, Yesica.

Yesica, era la poesía viva de la mujer árabe para mis ojos.

Con sus 22 años, ayudaba a su padre en el snac bar mientras se preparaba para su carrera de traductora de ingles.

Frente a "Aladino", dije, sobre esa calle que corre, bajo puente y junta tanta tierra, que se asemeja a la arena, que el viento desparrama, arrastra y eleva a las alturas, clavando su polvillo en los ojos del desprevenido; tal cual se bate en las caravanas del desierto, geografía oculta e infrecuente de la cual parecía esperarse a cualquier vuelta de esquina la mismísima Mezquita de Omeya o El Palacio Azem.

Me crucé entonces a la otra acera. Y esa dulce voz me invadió.

- ¿Con azúcar o edulcorante?- me decía entonces Yesica y hubiera bastado que ella probara un sorbo de mi café para que este quedara suficientemente endulzado con sus labios carmín.

-Siéntate en la mesa, yo te sirvo – decía ésta y salía del mostrador en dirección a la heladera, que dejaba al descubierto el resto de su cuerpo femenino, con ese vaivén de su pollera que producía el mismo efecto que el barandal de un barco. Caer al mar y morir en sus aguas.

¡Dios.. morir ahogado por la tela de su falda!..

Pero, esa es otra historia. Otro libro quizá.

Continué mi camino. Pasaban ante mi hombres y mujeres con típica mezcla semítica, de tez aceitunada, ojos profundos y negros cabellos.

Y como otras tantas, mis oídos percibían inconfundiblemente las tonadas de viejas melodías orientales, esas que suenan con exóticos instrumentos, que hacen imaginar a los hombres entre odaliscas moviendo sus vientres en danzas sensuales.

Pero, que no salían de un oculto harén, sino de radiograbadores cansados y maltrechos de tanto pasar la misma cinta, llena de ruidos quejosos, como pidiendo una tregua de silencio para poder escuchar ese otro sonido mas claro y vivos de los pájaros en los arboles, o los niños jugando.

Crucé la avenida Jujuy y me detuve por la calle Cochabamba al 2600, frente a una lustrosa botonera de portero eléctrico.

Ese era mi destino y aquí comenzaba mi historia como una curiosa obra de teatro, yo su primer actor entraba a escena.

Pulse el 6to. "B", y recosté un poco mi cuerpo sobre la pared de mármol negro. La inconfundible voz de la hija de Amado, Julut, con su vocecita de 10 años se escuchó por el parlante.

El telón se estaba subiendo, pero yo no lo sabía.

Sonó la chicharra de la cerradura eléctrica y dejé caer mi cuerpo para impeler la pesada puerta de vidrio y entrar a su interior.

Un enorme mural en relieve simbolizando los sucesos de la Torre de Babel, ocupaba toda la pared derecha del hall, donde los descendientes de Noé quisieron alcanzar el cielo.

Me dirigí al ascensor, abrí la gatera metálica, que retumbo a mis oídos, y el traqueteo de la cabina," tac", en cada piso, "tac...", me sonaron a hueco, como si me estuviera elevándome por uno de los misteriosos pasillos de la pirámide de Keops.

Julut abrió la puerta, me incliné para alcanzar la altura de sus 10 años, y al besar las frescas mejillas de la niña, aquellos húmedos cabellos recién lavados me envolvieron su fresco perfume y por un instante pareció transmitirme cierta encubierta sensualidad que las pequeñas tienen pero aún no saben pueden manejar.

-¿Que tal como andas? -escuché, la siempre típica frase de mi amigo Amado, pronunciada con cierto dejo de lengua musulmana, que desde el fondo de la sala, venía apresurando el encuentro.

Cosa que este hacía con pasos largos y firmes pareciéndose a un Iman cruzando palacio.

Imagen que perdió su encanto, cuando se antepuso la de su bien querida madre Fátima, a la cual saludé como dicta la usanza musulmana, dos besos, uno a cada lado de las mejillas.

-¡Vaya hombre, eras tu! – Se escuchó entonces y sorpresivamente para mi, aquel inconfundible acento hispano, de Omar; el hermano de Amado recién llegado de España.

-¿A qué jugaremos hoy? – me invitó Julut, preparándose para lanzarme algún reto previo a sus variados juegos de salón.

Mientras el padre intentaba explicarle a su hija que primero dejara al recién llegado conocer el nuevo lugar, que resultaba mas elegante que el anterior.

¡Y vaya que lo era!. Mi amigo Amado, estrenaba nuevo departamento. Una sala amplia, llena de sol, donde los muebles realzaban mejor, en especial un nuevo y delicado juego de sillones resaltados por el alfombrado verde que cubría toda la habitación y le daba cierta frescura al ambiente.

Tomé asiento para probar la suavidad del sillón mas grande y solo después de un corto recorrido, que incluyó las intimidades baño y cocina.

-¿Debió costarte mucho? -comenté a mi amigo.

-Pedí una hipoteca, por ahora pago los intereses, el problema será cuando deba reintegrar la cantidad del préstamo -contestó Amado con cierta preocupación futura.

-Pues, vale la pena, es hermoso –le alenté mientras observaba la amplitud del balcón.

-Ana me ayudó con la hipoteca no puedo fallarle -agregó poniéndose serio por un instante.

Ana, era la compañera de Amado; pero, aún es muy temprano para hablar de ella y en cambio propio momento para hablar de la inexistencia de santos en el Islam.

Fue cuando pregunté a mi amigo sobre un cuadro en la pared con extraños símbolos arabescos.

-¡Ah!... es una frase que podría traducirse como:"... que todos los que ingresen a esta casa por el nombre de Alá serán bienvenidos..." –me dijo, explicándome que en la religión Musulmana no existían imágenes de santos para colgar o adorar, pero si la posibilidad de colocar escritos de los ayas del Corán.

Julut cruzó el comedor con varias cajas de juegos que fue colocando ordenadamente sobre la mullida alfombra de grueso pelo, mientras me lanzaba incitadoras miradas para interesarme en algún entretenimiento de los que ella con habilidad exponía a su vista y a saber: "Ta-te-ti ", "El bucanero", "Bingo", "El estanciero" o unas curiosas figuritas que venían dentro de paquetes de papas fritas.

Ahora bien, sobre esas figuritas, contabilizaba cerca de cien, sacando un simple cálculo a figurita por paquete de 250 gramos, la niña había consumido 25 Kg. Ella sola y sin mas ayuda.

Pero estas papas fritas llevaban solo dos meses de promoción.

¡En sesenta días 25 Kilos de fritas habían pasado por su delicada boca de niña!...

¡Y quien la viera!, tan delgada y menuda, comía de todo, su estómago como diminuta compactadora aceptaba los más increíbles retos y de esto ya dará cuenta el lector mas adelante.

-¡Julut... ahora no!.. –insistió el padre ante los insistentes amagues de su hija en introducirme en sus juegos; y encendió la pipa, un clásico ritual, al cual dedicaba horas, impregnando de fresco aroma chocolatado la habitación.

Fátima, la madre de mi amigo, lucía el mismo pesado y largo hopa marrón obscuro de auténtico origen Sirio tal cual la había conocido dos años atrás.

-¿Te quedarás a comer? –pregunto ella.

La túnica estaba pegada a su dueña, digo esto porque raramente la veía con otra ropa y no por falta de vestuario. Para ella representaba el símbolo de todas sus tradiciones como podría ser para un argentino usando el clásico poncho en tierra extraña.

-¡Claro!, ¿qué hay de "rico" hoy? –respondí, mientras mis pensamientos me llevaron a la primera vez que conocí a esa mujer, en el viejo departamento de la calle Constitución. Tenía en aquel entonces mucho apetito y fui invitado a cenar por primera vez por la familia. Se me había prometido una típica comida árabe.

Recuerdo haberme sentado a la mesa ansioso y voraz, con toda la expectativa que merece un nuevo y curioso plato por conocer, en especial cuando este viene antecedido por toda una historia milenaria del Islam.

¿O acaso el lugar de los dulces dátiles y las esencias aromáticas, cocidas en misteriosas ollas de barro artesanal no pueden despertar la curiosidad de ser probadas por un paladar acostumbrado a las milanesas, asados y pucheros?

Julut tenía entonces 8 años y se había sentado a mi izquierda. Emanaba un olor a clorofila muy fuerte que asocié a la marcada higiene de la pequeña antes de sentarse a la mesa. Producto claro de la sólida formación de modales y conducta familiar.

Aquel olor mentolado, comenzaba a interferir con mis fantasías de los dátiles cocidos en cazuelas, ya que en verdad, no es un olor que incite al apetito.

Fue entonces que apareció por primera aquel hopa marrón que comentaba, con delicada fimbria en el escote y ruedo de motivos arabescos, trayendo una fuente sopera con el ansiado manjar que mis labios probarían y depositado en el centro de la mesa para su mejor lucimiento.

Y como todo primer encuentro entre un plato árabe y un hombre occidental mereció por parte mi parte un estudio previo de su contenido.

La fuente rebosaba de un líquido de color blanco, sumamente espeso con apariencia de misteriosa sopa, y ausente de fideos se encontraban unas curiosas empanadillas blanquecinas, con apariencias de estar crudas por la blancura que lucían Estas flotaban alegremente de un borde al otro sorteando las hojitas de perejil que oficiaban como flores acuáticas.

Esta presentación visual no me inspiraba apetito, ya casi ausente por el fuerte olor clorofilado de la supuesta higiene de Julut.

Como correspondía a un invitado, sirvióseme una abundante porción de líquido lechoso, posibilitando que las pálidas empanadillas navegaran libremente en mi plato sopero.

Viérase la escena ¡parecía el Yating Club en un día feriado!. Estas recorrían los bordes alegremente ya que el calor del liquido parecía moverlas. O mejor dicho, por la densidad del líquido, las empanadillas simplemente "patinaban" en la superficie.

Al llevar la cuchara a la boca, descubrí que el olor a clorofila provenía del líquido.

Los árabes solían colocarle menta fuerte a sus comidas pero yo esto no lo sabia.

Mis labios al tomar contacto con la menta caliente provocaron en una incontrolable reacción de asco. Olor y coloración se asemejaba a pasta dentífrica. Y como dictan las costumbres de buena cortesía en casa ajena, comencé a comer entre arcadas disimuladas y revoluciones estomacales.

¡Por Dios que hasta creí imaginarme por tal repulgue en las empanadillas que estas parecían dentaduras postizas!..

Tanta repugnancia guarda aún en mi al describir esto, que mi mente se niega a registrar el nombre de dicho plato típico.

¡Sí!... ¡Recordaba muy bien aquel primer encuentro con una comida árabe, y aquel hopa de la madre de mi amigo!...

Ahora en la sala, Amado había provocado una cortina de humo con su pipa, la que funcionaba como un narguile impulsado por varios hombres; no obstante, podía verse atravesar en la espesa neblina chocolatada, aquella inconfundible túnica siria con Fátima adentro y la bandeja de mate. La típica ceremonia comenzaba y pocos saben que los árabes no solo gustan de tomar mate, sino, lo han incorporado como una bebida preferencial en las familias. Si bien el brebaje es una tradición Argentina, y la preparación requiere de ciertas técnicas, esperen ver lo que resulta en manos de una mujer árabe.

Llenaba la mujer con una delicada cuchara de empuñadura decorada el interior de la calabaza con la yerba, que luego coronaba con un toque de fina y blanca azúcar, entonces removía suavemente un poco el tubo de metal, tomaba suavemente la pequeña pava y dejaba caer el líquido inodoro, insípido y humeante que se deslizaba por el largo mango de la bombilla a su interior. Siempre a temperatura justa.

Prosigo, daba un tiempo para que el agua se acomodara y repetía una vez mas los movimientos con cierta armonía, ritmo y cuidado, que en mucho hacían pensar en los pasos precisos de la clásica ceremonia del té, hasta que se formara a los bordes de la calabaza la espuma verdosa, momento que extendía la infusión con la misma suavidad de gestos, para alcanzar el brebaje, que venía entonces cargado con todo el sabor que la misma preparación había logrado encender en el buen ánimo de quien la observaba y recibía.

No sin antes claro repasar el borde superior de la bombilla con una delicada servilleta en tres giros perfectamente dispuestos que daban la impresión de una inmaculada higiene.

Así pasamos un tramo de la tarde entre la espumosa yerba, los cuidados de la temperatura del agua y la imperceptible lluvias de azúcar que mantenían el justo sabor.

v

El timbre se hizo escuchar. Julut corrió a la puerta.

Entro al comedor una mujer de cierta edad que fue recibida con mucha familiaridad por Fátima. Ambas mujeres se dirigieron hacia mi con una sonrisa.

-Ésta es mi hermana Sara que nos visita unos días, vive en Catamarca –dijo Fátima, mientras explicaba a su hermana que yo era considerado un hijo mas y por tal, un miembro de la familia.

Es muy raro que una familia árabe acepte a un extraño, como integrante del cuadro familiar ; para mi resultaba un preciado orgullo.

Como si fuera un curioso fogón campestre alrededor de la bandeja de mate, formamos un círculo Amado y Omar en el sillón grande; Fátima y su hermana Sara en los pequeños sillones y yo sentado en la alfombra capturado por Julut en un momento de debilidad en que me introdujo en el arte del ludo.

Sara parecía ser mas abierta que su hermana Fátima a las costumbres occidentales; por lo cual llegué a un rápido entendimiento con ella.

Mas tarde se agregó Fabricio, un viejo amigo de Amado y mío.

Éste era hijo de un famoso sastre de Siria. Llegó a la Argentina refugiado por misteriosas razones políticas, las cuales nunca me quedaron muy en claro, ya que su cabeza se decía tenia "precio" en el Oriente.

Hablaba un correcto castellano a pesar de su origen lo que lo distinguía del resto de los árabes porque estos no hablan correctamente el castellano.

Llevaba sus 35 años en un cuerpo de casi 1,90 de estatura, muy calvo, calzando "44" su caminar encorvado y el peso de sus zapatones le daban un aire cómico como las caricaturas de "Dippy", aquel tierno personaje de Walt Disney.

Pero, lo mas peculiar eran sus clásicos lamentos por las cosas que según él, le pasaban por gracia de Alá, todas increíbles, a las cuales acompañaba en principio, llevando sus manos a la frente en señal de dolor, entonces luego, describía su desquite con lujo de detalle, con lo cual su malestar parecía aliviársele.

No será extraño que el transcurso de este relato, deba soportársele una de sus clásicas salidas.

-¡Hay de mi..! ¡Hay de mi..! -decía, y luego del gimoteo describía su venganza.

Fátima reacomodó su hopa con cierta elegancia e impulso su cuerpo para levantarse a buscar mas agua caliente, cuando se escuchó nuevamente el timbre de calle.

Julut brincó hacia la puerta, ahora era una muchacha de bellísimo rostro que entraba al departamento,

Esto me confundió, porque no reconocía en ella a ninguna amistad de la casa.

La seguí mirando con atención, no podía dejar de hacerlo, la muchacha dejó un maletín negro en la silla de entrada, quitó con delicadeza su saquito, y cruzó con soltura la sala como si todo fuera conocido para ella.

Fue saludando entonces a cada uno con fugaz beso, y cada vez se acercaba mas hacia mi. Intuí sería el ultimo en ser saludado. La muchacha me dejó para el final.

Luego tomó una silla delicadamente, pensé que ella tomaría ubicación frente a mi, ella la centró entre la posición de Sara y Fátima y quedó así frente a mi cuerpo.

Consideré que ella comenzaría a cebar para todos.

La muchacha, como si hubiera leído mi mente, se encargó de la nueva rueda del mate, y cada vez que me alcanzaba la calabaza, lo depositaba con extrema dulzura en mis manos, mientras me dedicaba una rápida mirada, de esas que hacen las mujeres cuando están frente a un hombre y les basta solo un segundo para fotografiar todo el interior masculino.

Cosa que ciertamente las mujeres logran o por lo menos esto consideré ya que la sentí hurgueteando todos los cajones de mi alma. Porque vale decir que el alma mía se asemejaba a una vieja cómoda desordenada.

Y después de aquella vez, observé mis cajones todos ordenados y prolijos. Toque femenino que le dicen.

Entonces yo daba unos tímidos sorbos a la bombilla y devolvía con idéntica suavidad la calabaza a la muchacha iniciándose así un extraño código entre ambos que no era percibido por el resto.

Y todo lo que sabía, era que cada vez me resultaba más difícil distinguir muebles, objetos o personas en esa habitación.

Así de impactantes eran los ojos de ella. Es decir: mas hermosa que la misma Yesica que hiciéramos referencia al comienzo y por cual casi muero ahogado en los ruedos de sus faldas. Así fue transcurriendo la tarde.

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El sol ya se había ocultado, la enorme araña de luces del comedor fue encendida, el televisor pasaba una vieja película que nadie veía. Fátima decidió hacer el típico café a la turca para todos, entonces la extraña muchacha confesó su habilidad en la lectura de borras en el fondo de las tasas. Y nos invitó a todos a pasar por la prueba del futuro.

Me atraía observarla en silencio, mientras ella como moderna pitonisa del oráculo de Delos, sobre su templo simulado a lo largo de la mesa del comedor atendía y daba respuestas del misterioso devenir del mañana.

A Fabricio, el portador de "grandes patas", le aventuró alguna suerte en los negocios, contratiempos con su esposa y un viaje.

Para Amado el oráculo se le presentaba esquivo en el dinero y muchos gastos en su nueva casa.

Yo la contemplaba, partía entonces, en múltiples recorridos visuales, desde los hermosos cabellos lacios, esos que tienen cierto brillo incandescente; otras deteniéndome en la puntita de su nariz, o la tersura de aquellos pómulos sonrojados, para bajar hasta su perfecta boca o aún mas abajo en la redondez de su mentón. Pero no importaba como hiciera dicho recorrido visual y silencioso, eran la mirada dulce y serena de esa muchacha lo que mas me llegaba a conmover.

Cuando llegó mi turno, con la taza en la mano, me acerqué lentamente, y tomé asiento tan cerca como antes no había estado de ella. Ahora los inmensos ojos de la sibila parecían abrírseme como una enorme constelación de estrellas.

-¿Amor, fortuna o salud? –me preguntó ella.

¡Allí estaban sí!, Alfa, Centauro, Orión, las Pléyales, Cirio, y todo el mapa estelar en aquellos labios a millones de años luz.

Si retiraba la mirada sentía caería en un abismo. Si mantenía la mirada en los ojos de ella, el abismo estaba dentro de las pupilas de la muchacha.

Demás esta decir, que caí varias veces en dicho abismo y reiteradamente fui rescatado por aquellos enormes ojos.

- ¡Fortuna! –contesté.

-Has pasado por terribles pruebas, pero ahora llega la luz para ti -comenzó diciéndome ella, mientras se concentraba en el fondo de la taza.

-Y con la luz, todas las cosas que esperabas se te concretarán, dinero..., trabajo... - terminó diciendo y alzó su vista que era como un faro en las tinieblas para mi que tenía confieso el cuerpo dolorido de tanto caer en el despeñadero.

-¿Dice algo sobre el amor? -pregunté entonces tímidamente. Ella fue moviendo la taza como si absorbiera de su interior algún mensaje escondido.

-No está muy claro, pero... ¡Hay un amor, sí...! , está por llegar - respondió.

Y esto es todo lo recuerdo, porque de repente me encontré sentado nuevamente al costado del inmenso sillón repitiéndome aquella frase profética y maravillosa": Hay un amor que está por llegar...".

El estado en que se supone una astrónomo debe encontrarse cuando descubre una nueva estrella que puede bautizar con su nombre. Pero esta ya tenia uno y yo ignoraba como llamarla.

-¿Me acompañas a comprar tabaco? - dijo Amado rompiendo el encanto de aquellos pensamientos.

-¡Claro! - contesté Alan, y nos dirigimos a la calle.

-¿Te acuerdas de Abedul el dueño de Aladino? –preguntó Amado mientras se escuchaba el "trac" del ascensor bajando por el pasillo de la Keops.

-Claro que sí. ¿Tenía un negocio bajo del puente verdad? –reflexioné empujando la pesada puerta de vidrio.

-Bueno, ahora tiene otro cerca de otro puente, como mayorista de librería en Pompeya, y compró cinco tractores –siguió comentándole Amado.

¿Librería? ¿Cinco tractores? ¿Pero va a pagarlos? –pregunté.

-Esa pregunta un árabe no puede hacercela a otro árabe –me contestó Amado alzando su mano para detenerme por la presencia de un semáforo en rojo.

-Entiendo, ¿quien le vendió los tractores, otro árabe? – pregunté.

–¡Eso no podría ser jamas! –contestó riéndose de mi inocente ocurrencia occidental.

-¿Acaso no acabas de decirme que entre los árabes no se preguntan si van a cumplir sus pagos?- insistí.

-¡No¡, ¡No!, Cuándo un árabe desea saber algo de otro árabe, no pide referencia a un banco, solo pronuncia el nombre en voz alta a la Comunidad Arabe, y se entera de la conducta de ese hombre, del padre de ese hombre, del padre del padre de ese hombre y así... de todos sus ancestros, y esto puede llevarte hasta la misma tribu de origen ¿entiendes? –dijo Amado que reinició su marcha cruzando la Av. San Juan.

-¿O sea que el error comercial de un hombre queda registrado entre ustedes? –interpelé.

-¿Desde cuando llamas error comercial a un estafador que paga sin fondos?– refutó Amado.

Seguimos caminado un trecho en silencio hasta que no pude contenerme mas- ¿Quien es esa muchacha que leía las borras de café? -

Se llama Camilia -contestó.

¡Camilia! me repití ese nombre para mis adentros varias veces, como si tratara de succionar la esencia misma del secreto intimo de su dueña. Y me mantuve un rato en silencio. Le estrella ya tenía nombre.

¿Quién es Camilia? –pregunté rompiendo otro silencio entonces.

-¡Mi prima!.. -contestó Amado mientras recibía el vuelto de su tabaco en el kiosco.

-¿Tu prima? ¿Desde cuando tienes una? - balbuceé creyendo haber conocido todos los miembros de la familia de mi amigo.

-¡Desde siempre! y Sara, la mujer con la cual te has pasado un largo rato charlando ¡ es su madre! -contestó Amado.

¿La madre? –dije en vos alta, ya que se la había pasado mirando a su hija profusamente todo el tiempo delante de esta.

Los pasos de regreso hasta el departamento, me parecieron eternos, cuando entré a la sala la busqué con mi mirada y descubrí que la mirada de ella también disimuladamente me buscaba.

Por tal descuido no percibí que en el living se encontraba la esposa de Omar, que yo no conocía. Este había venido de España con su mujer.

Y si bien intenté prestar atención a esta nueva persona, mis sentidos solo registraban mirar aquella estrella de nombre Camilia.

Loreta, la esposa de Omar tenía una voz de timbre grueso, fuerte y desentonado, pero con agradable personalidad.

-¡Hombre! !. ¡Así que tú eres Alan! Eres muy guapo! ¿Estas casado? -me dijo esta, ametrallándome de preguntas, la que sin disimulo alguno decía tal como le venía en ganas, y que como se verá mas adelante, le traería algunos pequeños problemas.

-No tengo pareja -contesté en voz baja y tímidamente, sabiendo que esta respuesta inevitablemente llegaba a la otra punta de la sala a oídos de Camilia.

Incomodidad que como se sabrá, ocurre cuando de estado civil se trata, y uno quiere saber primero del otro y no a la inversa.

A este punto Fabricio o el "patas anchas" pareció encenderse interiormente con la pregunta de Loreta, -¡Yo sí estoy casado! ¡Hay de mi..! ¡Hay de mí...! - agarrándose la cabeza.

Parecía ser que alguien había provocado un confuso episodio con su esposa de nombre Miryan, y si bien insuficientemente claro, no pasaba de un simple piropo callejero. Como buen árabe solo quería reparación, así que comenzó su representación de venganza.

Prepárece lector, yo avisé que esto ocurriría.

En principio, Fabricio juró, prepararía una bomba de suficiente poder explosivo, y dicho esto describió como la armaría, con sus manos. Simuló desenroscar un imaginario tubo donde alojaría la carga letal, y con sus dedos fue colocando un pan de "trotil" dentro del tubo, pareciéndole poco, agregó dos mas por las dudas.

-¡ Hombre!.. ¿ No te parece demasiado para un simple mortal? ¡ Volarás una manzana entera!.. –se escuchó a Omar desde la otra punta del salón.

-¡Ala! ¡Ala! -alentó Amado a Fabricio el "patas anchas" para que siguiera su relato.

Simuló entonces éste unos pasos con sus enormes zapatos, hasta un imaginario automóvil, y agachándose sobre una silla del comedor, colocó el figurado artefacto.

Todos seguían sus movimientos con atención.

Entonces balbuceo unas extrañas palabras en árabe, -dijo algo como que Alá castigará a los injustos - que por suerte Omar tradujo mas o menos así para el resto que no dominaba el idioma.

Volviéndose sobre sus huellas, imaginó luego sacar un control remoto, y con su encendedor en mano, ante la mirada de todos inicio una cuenta regresiva: "Cinco..." "Cuatro...", "Tres...", deteniendo la misma a fin de describir como entraba al automóvil, aquel infiel que faltó a su mujer.

¡YIHADDD! –se le oyó decir.

Y entonces ¡Sí!..., DOS... UNO... ¡CERO!..., y apretó su dedo en el imaginario control, y del pestillo, salto la pequeña llamita del encendedor, que acompañó abriendo intempestivamente sus brazos como si dichos miembros de su cuerpo formaran parte de la onda expansiva.

-¡Paf! – acompañó como sonido, haciendo sobresaltar a las mujeres.

Luego, señalando hacia el techo del departamento comenzó el detalle de los resultados, que en forma de esquirlas caían en copiosa lluvia, mientras sobre el piso podían con cierta dificultad observarse, si los presentes ponían voluntad, los restos en pequeños trozos humeantes del cuerpo de su víctima, todo claro mientras se limpiaba las salpicaduras de sangre en su camisa.

Julut había quedado con su boquita abierta. La madre de Camilia lo miraba con cierto miedo, y Loreta con su mano en el corazón mostraba algunos síntomas de impresión. Los hombres por el contrario, ya le conocíamos, incapaz de matar una mosca, pero convincente a la hora de tomar represalias.

Fabricio respiró profundo, y dijo algo en lengua árabe, que sonó a una maldición, guardó su encendedor, y siguió como si tal cosa.

v

Avanzada la noche, Camilia decidió retirarse. Ella dormiría en la casa de una amiga, a cuadras de allí. Todo debido a la falta de espacio en el departamento de Amado ya abarrotado de lugar por la presencia de su hermano, la esposa, y la propia madre de la muchacha que impedía mayor espacio.

Tomó su saquito, y comenzó a despedirse. Me palpité sería el último en ser saludado. Lugar que siempre se deja, para la despedida especial. Porque al final se saluda a ese que mas se quiere. Y así fue.

Tomó su maletín negro y me dedicó la ultima rápida mirada antes de desaparecer tras la puerta de salida.

Y todo se obscureció en la habitación o al menos eso me pareció, porque los colores de las cosas ya no lucían brillantes, y esas extrañas campanillas que continuamente sonaban en mis oídos habían callado.

Esperé unos minutos prudencialmente, a fin de que nadie pensara que mi salida pareciera propiciar un encuentro con la muchacha, es decir las cosas que piensa solo quien se delata por sus deseos verdaderos.

"Tac.."." tac.." me acompañó el ascensor en cada piso, que ha esa hora y en el silencio de todo el edificio, sonaba mas fuerte que catacumbas de pirámide. Crucé el hall ocupado por la Torre de Babel a medio construir, subió al auto, y un extraño hombre se acercó a mi.

-¡Cómprame una lámpara, son baratas!.. -dijo éste y acercó su mano con un puñado de ellas. La copia de aquella famosa de "Aladino", la que al frotar producía los deseos de su amo.

-¡Cómprame una lámpara son baratas!... -volvió a repetir el viejo, en extraño lenguaje árabe castellanizado.

-¿Y qué pasará si la froto? -pregunté.

-Las estrellas cumplirán tu deseo -contestó el hombre y extendió su otra mano mostrando el firmamento de la noche.

Tomé una, delicadamente mientras el hombre se alejaba, y la colgué sobre el espejo retrovisor interior.

Pensé todas las cosas que necesitaba, ropa nueva, más dinero en mi trabajo, una computadora más moderna, una casa propia, en fin acomodé los tres deseos más importantes y comencé.

-¡Camilia, para que su amor sea por siempre! -dije por el primero y froté.

-¡Camilia, para que su amor sea por siempre! -dije otra vez y froté.

-¡Camilia, para que su amor sea por siempre! -terminé diciendo y froté por ultima vez.

Tres estrellas en el cielo salieron presurosas. Mientras mi automóvil se perdía por las dunas de cemento de la ciudad.

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fin de primera parte.

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